A propósito de la naturaleza artística…

Estamos hechos de historias. Esto no es nuevo. El ser humano lo sabe desde hace siglos. Nuestra creatividad y necesidad de expresión nos acompañan  desde los primeros días del mundo.  Hemos necesitado la imaginación para desarrollarnos, adaptarnos, y tratar de explicarnos el mundo.  El ser humano siempre ha sentido una inherente necesidad de representación. Desde siempre hemos proyectado y tratado de representar conflictos, emociones, o sentimientos en el otro. Esto es así. Todos lo hacemos. No hay excepción. Estamos encadenados a nuestras propias proyecciones, a nuestros propias historias, las que nos forman y conforman, las que nos encarcelan, duelen o nos liberan. Generalmente de manera inconsciente las situaciones no resueltas o dolorosas tienden a querer ser representadas  y nosotros atendemos  esa necesidad, y simplemente encendemos el proyector.

Siempre ha existido en nosotros una necesidad de representar lo vivido, quizá para entenderlo, quizá para poder ser más libres, o todo lo contrario. Me fascina y a la vez me asusta esta especie de condición. Como si fuéramos animales de la representación. Una representación eterna e incuestionable, como la vida. No es extraño  que funcionemos así si tenemos en cuenta que para que yo esté ahora mismo escribiendo aquí y ahora,  la vida ha tenido que tejer un complejo entramado de historias que   han desembocado dándome la vida. Es por ello que detrás de nosotros pesan muchas relaciones y hechos. A veces  son relaciones que han sido fructíferas y solidas y otras veces relaciones menos afortunadas y más dolorosas, pero en ambos casos no debemos sino agradecer nuestro lugar en el mundo y recoger el legado que nos ha sido dado.

Proyectar es inevitable. Así pues como seres complejos necesitamos de la representación.   De hecho la realizamos constantemente, a veces de manera más consciente y otras veces a nivel más inconsciente. Las maneras conscientes generalmente tienen que ver con el arte, donde muchas veces el artista proyecta en su obra alguna historia personal o experiencia vivida con el fin de expresarlo y tal vez comprenderlo mejor, o no. Quizá sean las maneras de proyección inconsciente las más  problemáticas por su difícil  reconocimiento. Ponemos en personas de nuestro entorno determinados  problemas sin  siquiera darnos cuenta y representamos situaciones (generalmente no superadas)  para enfrentarnos a la situación dolorosa. Esto es; nuestros demonios afloran porque necesitan contar su historia y buscan actores/ actrices en las personas del entorno. Por ejemplo, en la pareja, muchos conflictos se deben a estos demonios que aveces se empeñan en imposibilitar una visión más justa, ecuánime, del otro. Y por el contrario culpabilizamos y ponemos en nuestra pareja cosas que no vienen de ellos necesariamente.

Se me llevan los demonios…

Es el profundo eco de nuestras experiencias vividas, generalmente el eco de experiencias que nos han hecho doler mucho  el que retumba cuando nos”sacan de quicio”. Es por ello que nos vemos obligados  a revisar nuestra Historia, en todos los sentidos de la palabra. Debemos buscar a nuestros demonios particulares y verles la cara. Si no lo hacemos, otros llevarán  esa carga, otros que aún no han venido o que ya están por venir y que pisarán el mundo ya fuertemente marcados por su historia.  Escuchemos a nuestros demonios, seguro que tienen mucho que contarnos, de esta manera quizá se aligere la carga a nuestras generaciones venideras. El trabajo que no hagamos en el presente quedará pendiente para el futuro. Y la vida será una sucesión de deudas y de cuentas pendientes.  Y por supuesto que en gran medida tendrá que ser así. Pero  creo que nos conviene  rendirnos a esos demonios y buscar una reflexión profunda y útil. ¿ Qué despierta el Otro en mí? . Frente a un mundo rápido  de consumir y aliviar propongo  el reflexionar y quizá rendirse al dolor, eso que nos han enseñado siempre que es tan malo y tan nocivo, aquello que ” nos hace mal” “nos duele” es quizá aquello que nos salvará y puede que nos haga comprender.

“Purgatorio” de Ariel Dorfman

 ¿Podemos escapar a como somos? ¿Podemos esquivar nuestro propio carácter?  Ariel Dorfman nos plantea una  revisión un tanto curiosa del mito de Medea. ¿Qué pasaría si Jasón y Medea se encontraran alguna vez después de muertos en algún lugar mas allá del tiempo y del espacio?¿Se perdonarían? ¿Se comprenderían?¿Se amarían? ¿Se aniquilarían? Una escenografía comedida, luces blancas que recuerdan un extraño hospital. Una mesa. Una cama y una puerta que no sabemos hacia donde nos lleva. Dos fantásticos actores  trabajando. La sutileza de Vigo Mortensen contra la visceralidad de Carme Elías. Purgatorio es una  segunda oportunidad fallida, es un grito en mitad de la tragedia de Medea, un alto en el camino, una oportunidad perdida para poder sanar, entender, perdonar. ¿Qué nos hace ser como somos? Más allá de las circunstancias sociales y familiares, conviene hablar de las heridas. Las heridas nos dicen quienes somos y quienes no podemos ser.  Purgatorio es un intento imposible de sanar las heridas para evolucionar, avanzar y probablemente crecer. Pero hay heridas y heridas. Medea, la extranjera, una mujer cincelada por el dolor, tremendamente humana en toda la complejidad de la palabra.  Como ya he mencionado en alguna otra ocasión, los grandes mitos griegos flotan aún en estos días por todo occidente. Las antiguas historias y leyendas generan “síndromes” o “complejos” o cualquier otro tipo de calificación perteneciente a los psicologismos. Pero en realidad sigue siendo lo mismo, historias atravesadas en el tiempo y que se repiten una y otra vez, porque no están siendo entendidas y aprendidas. No me refiero  Grandes Historias, que también, más bien trato de referirme a todos los Edipos de mi barrio, a todas las Medeas del mundo, que las hay, sin duda las hay.  En definitiva a todos esos caracteres que han pervivido y pervivirán siempre en la cultura occidental. No dejo de asombrarme como estas antiguas historias siguen resonando con tanta fuerza en nuestro tiempo. Parece mágico. Supongo que nos queda mucho que aprender , y el teatro siempre ha sido el territorio de la duda y de la magia.  Purgatorio es una apuesta arriesgada y honesta. Un hombre y una mujer, con una tragedia que los une  y una oportunidad lanzada al vacío. ¿Dónde están los límites de la esperanza? ¿Podemos cambiar algo de nuestro carácter?¿Algo?  ¿Cómo son nuestras heridas de profundas? ¿Hasta dónde podemos llegar? Preguntas y más preguntas. Preguntas que no son fáciles de contestar y quizá sea eso lo enriquecedor de Purgatorio. Tanto Carme como Vigo disfrutaban no siguiendo un esquema fijo, se veía a la perfección el margen de improvisación con el que estaban jugando. Se sorprendían al interpretar a esos personajes, no estaba mecanizado, estaba vivo.  Y eso se notaba.  Es bonito y necesario  recordar que el trabajo del Teatro y el de los actores radica en la investigación, y no en el mostrar o producir de manera mecánica historias estériles e inocuas, que no dejan margen a la pregunta.  Gracias por el trabajo.