Del intrusismo en el oficio escénico, invocando a Maiakovski…

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“Tenerse de pie en la roca de la palabra nosotros en medio del mar de silbidos y ultrajes.” Maiakovski

Subirse a un escenario no  es en cualquier caso una experiencia baladí. El Teatro ha tenido, tiene y tendrá  un componente sagrado en su práctica y ejecución. Los primeros hombres entendieron el Teatro como un lugar de reunión donde intentar explicarse el mundo,  y reverenciaban las historias, el relato, el texto, aceptando su valor sagrado, catártico y trascendente. Hoy en día y desde hace ya bastantes siglos se han ido desplegando distintas maneras y formas de hacer Teatro, distintas funcionalidades  relacionadas con la época y el lugar.  Es imposible eludir su carácter sagrado. El  espacio escénico actúa en todos los casos como un reflejo   de la verdad, incluso si ésta pretende enmascararse o  incluso si el hecho escénico carece de cualquier tipo de trascendencia o verdad,  el escenario se encarga de reflejar todo lo que esta ocurriendo en el momento.  El escenario pone a cada uno en su sitio.  El milagro del hecho teatral sucede o no.  Lo que ocurre en escena nunca miente. No hay lugar para la mentira o la máscara.   Hace poco asistí a una representación de Las Troyanas  en un espacio público en la calle.   Sentí vergüenza y pena.  Vergüenza porque  hoy en día parece que el público aplaude cualquier cosa.  En ese momento me acordé de Maiakovski y su tan necesaria bofetada al gusto del público. Sentí pena también por unos actores que eran aplaudidos por  gritar el texto.  Estamos tan acostumbrados a los gritos hoy en día que  escucharlos en un escenario no causa ningún tipo de efecto en nosotros.  Curioso. En la primera fila había una hilera de niños observando con su inocencia el espectáculo, todos  con sus manos en los oídos,  y es que ya se sabe  lo que dicen de los niños, que nunca mienten.  Y ellos que todavía no han sido demasiado corrompidos por los demonios de las costumbres de nuestra época, son portadores   de verdad, pureza e inocencia y por lo tanto son grandes  sabios .

Teatro a gritos, actores solos en escena.  Un desastre completo en el cual no me voy a detener más.  A lo que voy es que la gente debería pensarlo antes  de subirse a un escenario, debería pensar ¿por qué? ¿por qué me subo al escenario? ¿Qué necesidad tengo de subirme a un escenario?  ¿Puedo subirme a un escenario? Cada profesión tiene sus riesgos y sus sacrificios , también sus bendiciones y sus ventajas.  Pero de igual manera que no todo el mundo puede ponerse delante de un toro, no todo el mundo debería poder subirse a un escenario.  Lamentablemente parece que vivimos en la época del todo vale. Y el gusto del público esta demasiado dulcificado y dormido.  La calidad cultural en general nos hace tener menos hambre, necesitar menos de la cultura y entenderla cada vez más como algo que tiene que ver más con el entretenimiento  que con la reflexión y el despertar colectivo.  Y es que en los tiempos que vivimos hay que entretenerse de cualquier manera, y es justo ese de cualquier manera el que nos hace cada vez más perezosos , poco ávidos de nada, como anestesiados ante nuestro tiempo. Las sirenas cantan, pero cada vez quedan menos. Estoy convencido que la insatisfacción y la pereza espiritual que nos invade  tiene que tener un limite, un clik en el cual  el ser humano se da cuenta. Toma su vida y su tiempo y se pone en acción. Al menos, esa es mi esperanza, y yo seguiré luchando por eso, a través del tipo de Teatro que considero es el único  útil para la sociedad y la conciencia humana y declarando abiertamente la guerra a las formas de entretenimiento cultural   que cada vez son más invasivas, estériles y rancias y a su vez generan un público estéril y rancio también.

Debemos tomar nuestra vida y nuestro tiempo en serio, recuperar lo sagrado, el rito, el respeto  y trabajar muy duro.