“El mal de la juventud” de Andrés Lima

Horrible. Espantoso. Despiadado. Extremo. Catastrofista. Delirante. Violento. Intantil. Inmaduro. Ardiente. Destructivo. Todos estos adejetivos son perfectamente aplicables a esta propuesta. Andrés Lima adapta “La enfermedad de la juventud”(título original), una obra del austríaco Ferdinand Brückner impregnada de furia, violencia y autodestrucción. Una escenografía compartimentada, una habitación donde sucede todo. Una habitación que se va haciendo cada vez más pequeña e insoportable. Una verisón macabra de los “Happy twenty”. Peguémonos un tiro a ritmo de charlestón. La obra se sitúa en Viena, 1921. Allí conviven un grupo de jóvenes en una residencia de estudiantes. Los personajes están impregnados de un insatisfacción crónica, a su vez relacionada con un horrible miedo a crecer, a “aburguesarse”, utilizando la terminología de la obra. En la propuesta de Lima se respetan y se muestran con éxito toda las referencias hacia el psicoanalisis de la época. Personajes pusilánimes e inseguros que no buscan una pareja sino una madre y que reniegan de ella a su vez cuando les tratan como tal, significativos diálogos como este; “No necesito una madre, necesito una novia, lárgate de aquí” o personajes sádicos que descubren su violenta y autoflagelante sexualidad a golpe de whiskey barato, pastillas, golpes y arañazos. Esta es una obra que relata los pecados de la juventud, los sueños perdidos, la fuerza de la realidad, la perdida de la inocencia, el descubrimiento del ¿primer amor?, la sexualidad, el desenfreno. La propia juventud entendida como un periodo de locura transitorio, o no. Todo ello enmarcado en una propuesta expresionista hasta en la interpretación de los actores. Un carrusel macabro de personajes deshilachándose minuto a minuto. Desgarrándose y cambiando constatemente. Una obra de últimos bailes, de bailar y tragar hasta reventar. Una insatisfacción no resuelta, un germen autodestructivo y trágico. Noches de tristeza infinita vienesas que bien podrían ser madrileñas. Sólo que nosotros no acabamos de salir de una guerra. ¿O quizá si? ¿Quizá exista en nosotros una guerra interminable y silenciosa, una guerra que atenta contra lo que significa ser un hombre o una mujer en el sXXI? Cómo diría una de los personajes de la obra : “Todo el mundo debería pegarse un tiro al cumplir los 17 años”

Bailemos pues, a ritmo de charleston.