Canción a los desheredados

Ayer volvía tarde a casa,  cerca de las 12 de las noche, soplaba una ligera brisa veraniega de esas que parecen darnos un respiro a todos, bueno, a casi todos. Como decía la canción, juntaba monedas para comprar cigarros. Con esto de la crisis los chinos ya han vuelto a vender cigarrillos sueltos,  treinta y cinco céntimos por un fortuna. Se venden caro los cabrones. Pero no queda otra y   tampoco fumo tanto como para comprarme un paquete entero.  El caso es que seguí caminando, necesitaba fuego y a apenas  a cincuenta metros lo encontré.  Me dió fuego una chica. Una chica del barrio de toda la vida.  Bastante guapa por cierto.  Pero ayer por la noche parecía ser la noche de los insomnes. ¿dónde había ido su belleza? Ni si quiera me reconoció. No es que nos conociéramos mucho pero nos conocíamos. No se  ni siquiera su nombre pero se quién es y dónde vive y que tiene dos hijos y un perro. Y se de su sonrisa.   Y se que ayer por la noche tenía el corazón encogido y el alma rota.  Y se que también estaba puesta hasta las cejas.   Completamente destrozada.  Su cara estaba hinchada y sus ojos completamente desencajados,   sus manos temblaban y su voz se pegaba al suelo. La mirada ¿Qué mirada? No había mirada, estaba completamente perdida.   Le dije gracias, ella no dijo nada y volvió con sus compañeros de faena a sentarse debajo del árbol y a pelearse con la noche.  ¿Por qué? Quiero decir, amo mi barrio, desde bien niño vivo aquí.  Tengo cariño a su gente. Soy su gente.   Se que aquí  la droga se sigue paseando  a sus anchas y  la veo coquetear con las nuevas generaciones con una libertad que asusta. De acuerdo. No son los años ochenta. No hay gente que aparece muerta bebiendo espejismos por la aguja , como diría el otro.  No , no hay caballo casi. Pero hay niños de 15 años pegando tirones  a los bolsos de las señoras que vienen cansadas de trabajar  a las once de la noche  con el gesto cansado  y los pies destrozados. A esos que pegan tirones, algunos les conozco y  a algunos incluso les tengo cariño. No hace mucho  sonreían. Ahora tienen 15 años y parece que han vivido cien.  A vuelta de todo.   Le dije gracias a aquella chica  y me marché. Tal vez me hubiera gustado preguntar  ¿ cómo estás? ¿ Por qué te haces eso? Tomate un vino y cuéntame.  Comparte tu cruz por un rato, tal vez yo también pueda compartir la mía. Tal vez si compartiéramos más,  todo sería diferente.

Pero no.  Obviamente no dije nada. Guarde silencio.  Contemplé su mirada, su cuerpo y sus manos hinchadas.  Aspire el humo del cigarro, y me fui de allí. Le dije gracias. Llegué a casa y me asomé a la ventana. Y de alguna manera extraña, di las gracias por vivir aquí.

 

Crónicas de un despertar…

individualismo

Estamos en guerra. Vivimos inmersos en una guerra silenciosa.   Nos adormecen con cualquier cosa. La televisión  es un foco de basura mediatizada y narcotizante  que nos hipnotiza  como a idiotas. La devoradora sociedad del espectáculo. Desgraciadamente todo es espectáculo, pero del malo.  Anestesia para el dolor. Muy occidental esto de poner parches y adormecernos para evitar confrontarnos con algo. Insisto. Esta indolencia rutinaria me pone nervioso, no entiendo como podemos estar tranquilos mientras afuera todo se derrumba. No llegaremos a las  armas, por supuesto que no.  Estamos demasiado dormidos para eso.  Esta manera individualista  nuestra tan contemporánea de  pensar que no estamos en riesgo, que todo va bien,  que mientras no me toque a mi la crisis no existe, es la que nos condena y nos anula como individuos. Olvidamos la responsabilidad con nuestro tiempo, con nuestros corazón, con nuestras cabezas y con nuestra alma.  Por supuesto que todos tenemos que pagar la hipoteca y llegar a fin de mes, por supuesto que tenemos que seguir adelante con nuestras vidas con determinación y constancia y con  cierta eficacia para conseguir cierta felicidad. Pero ¿qué estoy diciendo?Cierta felicidad, ¿me pregunto en que consiste la felicidad del hombre occidental?  Trabajar eficientemente 12 horas al día.  No digo que no haya que trabajar, por supuesto que hay que hacerlo. Pero y luego que, después que ocurre. ¿Qué ocurre cuando sales del trabajo y llegas a casa? Estás demasiado cansado o cansada como para preguntarte a ti mismo como estás, como para ver que tu mujer hoy tiene un peinado especial y está más guapa que ayer, o demasiado cansado como para ver que tu hijo   ha aprendido algo nuevo en el colegio hoy.  Vivimos en una falsa ilusión de comodidad demasiado peligrosa  e idiotizante. Cada pueblo se merece lo que tolera y nuestra indolencia nos hace tolerar  y tragar sin darnos cuenta.  Pero no está todo perdido, tenemos armas, tenemos libros, tenemos teatro, tenemos cine, tenemos gente despierta  que lucha para que tomemos nuestra vida en serio.  Para que tomemos la vida del otro en serio.   En definitiva, tenemos a gente despierta que lucha para que permanezcamos  juntos en esta interminable tormenta. Yo conozco a algunas de esas personas. Me inspiran, me acompañan en mi lucha, me recuerdan que tengo miedos por los que debo seguir escribiendo,  imaginando y creando. Ojalá con estas palabras pueda infundirte algo de determinación, de coraje , de arrojo , de responsabilidad  sobre tu propia vida, de amor sobre la vida del otro  y tal vez, sólo tal vez mañana podremos construir algo parecido a un futuro mejor. Que los Dioses nos ayuden.

A propósito de Los iluminados o notas al filo mismo de Dios…

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No es que Dios se haya olvidado de nosotros, es que nosotros  nos hemos olvidado de él. Lo hemos suplantado por un iphone.  En los albores de nuestra  humanidad  la espiritualidad era el centro del hombre. El hombre necesitó ritos para explicarse el mundo, la religión surgió como  tal,  más tarde, los ritos se convirtieron en sangre, lo que nació como un camino  de  autoconocimiento y  desarrollo espiritual,    se convirtió en dogma y ahí empezaron los problemas. El problema no es Dios, Yahvhe, Buda o  Sidharta , el problema es lo que los hombres han hecho con  su relación con lo  sagrado.  En nombre de tantos dioses del pasado se han cometido verdaderos genocidios,  que aún habiendo sido  acometidos en nombre de la religión,  paradójicamente lo que han conseguido  es  alejar aún más al hombre de su parte espiritual, sagrada y genuina. Si al principio  el centro del hombre era su espiritualidad, desarrollada a su vez a través del concepto tribal de grupo,  a lo largo de los siglos se ha ido sumando un nuevo centro hasta llegar al famoso Dios ha muerto, el dinero como  principio mismo del capitalismo. De la paulatina y sagaz sustitución de los ritos por los trueques,  hemos necesitados siglos para realizar este cambio que desde hace tiempo permanece en prácticamente la mayor parte de las sociedades occidentales.  Hemos cambiado las premisas.    Dios es la totalidad. Ahora, el dinero es la totalidad por lo que el dinero es Dios.  El signo de nuestro tiempo está en nuestras carteras, en una tarjeta de crédito. No hay rastro de Fé. Y no me refiero especialmente  al Dios cristiano, que también,  me refiero a la relación que desde el origen de la humanidad  se ha cultivado con lo espiritual del hombre, con lo sagrado.   ¿Qué pasa con lo sagrado en estos días?  ¿Qué tenemos en vez de eso?

Una generación de almas rotas y corazones envenenados  y oprimidos por un sistema que se resquebraja,   es aquí donde  el texto de los Iluminados empieza a construir su relato.  La obra nos presenta la vida de  4 personajes que intentan mantener su idealismo a flote, en mitad de una tormenta que  parece no terminar nunca.  Pero ¿cómo podemos reencontrarnos con lo sagrado  si en nosotros mismos está plantada la semilla de la indolencia y la incredulidad?  A mitad de camino entre la Fé y el autoengaño los personajes se encuentran con sus propios demonios a medida que avanza la obra.  Y es que  ya se sabe, cuando Dios te  roza la cara, el diablo te agarra del pie…

La indolencia como refugio…

Hay una falsa espiritualidad impostada y repleta de psicologismos baratos  que se empezó a gestar con la generación beat, allá en los años 50 norteamericanos. Ellos ya empezaron a hablar de algo que ahora está más exacerbado que nunca. Ellos ya nos hablaban desde la desesperación profunda de sentirse herederos de un sistema envenenado .  Eran conscientes  de esta falta de conexión con lo sagrado, y quizá por ello empezaron a tratar de desarollar nuevos puntos de vista amparándose desesperadamente en filosofías orientales mientras se metías 3 rayas de coca y  se ponían de opio.  Estaban demasiado tomados ya por la bruma narcótica del capitalismo, el veneno estaba ya en su sangre y se mimetizó en ellos con tanta fuerza que lo único que les quedaba era encender la mecha  y reventar, parafraseando a uno de los personajes de la obra.

Ante la imposibilidad de encontrar rastro de lo sagrado en  su interior , surge esa desconexión que desintegra al individuo y que le hace ciego a su alma, a su dolor y a sus carencias. Comienza entonces el camino de la indolencia y el alivio sistemático mediante las drogas o el sexo.  ¿Qué hacer con el vacío que habita en nosotros?¿Cómo llenarlo? ¿Cómo gestionar y entender lo carencial en cada uno de nosotros? Es increíble como occidente se ha esmerado tanto  para darnos placebos  y así  llenar esos agujeros en lo más profundo de nuestra alma.  Engordaremos como vacas, y un buen día  reventaremos de tanto engordar…y simplemente se acabó. Gracias a todo el equipo de Los Iluminados por hacerme partícipe de este hermoso viaje dentro del alma humana.

He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.
Quienes expusieron sus cerebros al Cielo, bajo El y vieron ángeles Mahometanos tambaleándose en los techos de apartamentos iluminados.
Quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos alucinando con Arkansas y la tragedia luminosa de Blake entre los estudiantes de la guerra.
Quienes fueron expulsados de las academias por locos por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo.
Quienes se encogieron sin afeitar y en ropa interior, quemando su dinero en papeleras y escuchando el Terror a través de las paredes.
Quienes se jodieron sus pelos púbicos al volver de Laredo con un cinturón de marihuana para New York.
Quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgaron sus torsos noche tras noche con sueños, con drogas, con pesadillas despiertas, alcohol y verga y bolas infinitas, ceguera incomparable; calles de nubes vibrantes y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todas las palabras inmóviles del Tiempo, sólidos peyotes de los vestíbulos, amaneceres en el cementerio del árbol verde, ebriedad del vino en los tejados, puestos municipales el neón estridente luces del tráfico parpadeantes, vibraciones del sol, la luna y los árboles en los bulliciosos crepúsculos de invierno de Brooklyn, estrepitosos tarros de basura y una regia clase de iluminación de la mente.
Quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y niños empujándolos hacia salidas exploradas estremecidas y desiertos golpeados de cerebros absolutamente secos de esplendor en la melancólica luz del Zoo.
Quienes se hundieron toda la noche en la luz submarina de Bickford’s emergidos y sentados junto a la añeja cerveza después del mediodía en el desola’do Fugazzi’s, escuchando el crujido del destino en la caja de música de hidrógeno.
Quienes hablaron setenta horas seguidas desde el parque a la barra a Bellevue al museo al Puente de Brooklyn, batallón perdido de conversadores platónicos bajando de espaldas las escaleras de escape de los alfeizares del Empire State lejos de la luna, gritando incoherencias, vomitando susurrando hechos y recuerdos y anécdotas y patadas en la bola del ojo y traumas de hospitales y cárceles y guerras, intelectos enteros disgregados en amnesia por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la Sinagoga arrojada al pavimento.
Quienes se desvanecieron en ninguna parte de Zen New Jersey dejando un reguero de ambiguas postales ilustradas de Atlantic City Hall, sufriendo sudores orientales y artritis Tangerianas y jaquecas de China bajo la basura en las salas sin muebles de Newark.
Quienes dieron vueltas y vueltas en la medianoche por el patio de trenes preguntándose adónde ir, y fueron, sin dejar corazones rotos.
Quienes prendieron cigarrillos en vagones traqueteando por la nieve hacia granjas solitarias en la noche del abuelo.
Quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de La Cruz, telepatía y cábala debido a que el cosmos instintivamente vibraba en sus pies en Kansas.
Quienes solos por las calles de Idaho buscaban ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios.
Quienes pensaban que sólo estaban locos cuando Baltimore destellaba en éxtasis sobrenatural.
Quienes saltaron a limusinas con el Chinaman de Oklahoma impulsados por la lluvia de los pequeños pueblos a la luz callejera de la medianoche del invierno.
Quienes haraganeaban hambrientos y solos por Houston buscando jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante español para conversar sobre América y la eternidad, una tarea sin esperanza, y tomaron un barco para Africa.
Quienes desaparecieron en los volcanes de México dejando tras suyo nada excepto la sombra del estiércol y la lava y la ceniza de la poesía quemada en Chicago.
Quienes reaparecieron en la Costa Oeste investigando el F.B.I. en barbas y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas atractivos en su oscura piel entregando incomprensibles folletos.
Quienes se quemaron sus brazos con cigarros encendidos protestando contra la bruma narcótica del tabaco del Capitalismo.
Quienes distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desvistiéndose mientras las sirenas de Los Alamos los deprimían, y se deprimía Wall, y el ferry de Staten Islan también se deprimía.
Quienes rompieron a llorar en blancos gimnasios desnudos y temblorosos frente a la maquinaria de otros esqueletos.
Quienes mordieron detectives en el cuello y chillaron con placer en autos policiales por no cometer un crimen salvo su propia pederastia salvaje y su intoxicación.
Quienes aullaron de rodillas en el metro y fueron arrastrados por el techo ondeando sus genitales y manuscritos.
Quienes permitieron ser penetrados por el ano por virtuosos motociclistas, y gritaron con alegría.
Quienes chuparon y fueron chupados por aquellos serafines humanos, los marineros, caricias del amor Atlántico y Caribeño.
Quienes eyacularon en la mañana en la tarde en jardines de rosas y en el pasto de parques públicos y cementerios esparciendo su semen libremente a quienquiera que llegara.
Quienes hiparon sin cesar tratando de reír pero se torcían de llanto detrás de un cubículo de un Baño Turco cuando el ángel rubio y desnudo venía a atravesarlos con una espada.
Quienes perdieron a sus amantes por las tres viejas musarañas del destino, la musaraña tuerta del dólar heterosexual, la musaraña tuerta que hace guiños fuera del útero y la musaraña tuerta que no hace nada sino sentarse en su trasero y corta las hebras doradas intelectuales del vislumbre del artesano.
Quienes copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza, un novio, un paquete de cigarrillos, una vela y se cayeron de la cama, y continuaron en el suelo y por los pasillos y terminaron desmayándose en la pared con una visión del último coño y llegaron a eludir el último atisbo de conciencia.
Quienes endulzaron las conchitas de un millón de chicas temblorosas en el ocaso, y tenían los ojos rojos en la mañana pero preparados para endulzar las conchitas del sol naciente, destellantes traseros bajo los establos y desnudos en el lago.

Ahullido Allen Ginsberg

Masacre; Ven y mira…

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Hay un punto en  el cual el mismo relato mismo  se quiebra. Me pregunto, ¿Hasta donde somos capaces    de llegar con la imaginación, con el pensamiento, con el corazón,  para tratar de siquiera entender un mínimo atisbo de lo que sucedió en Europa entre el año 33 y el 45 . Ven y mira surge como una necesidad brutal, violenta  y visceral de gritar al mundo lo ocurrido en las aldeas  bielorusas durante la ocupación nazi.  La cinta arranca con dos niños jugando en la orilla de un pantano.  Un viejo augura muerte, los niños juegan y se burlan, son sólo niños.  Nuestro protagonista   sueña con la guerra.  No se imagina lo que encontrará allí.   ¿Cómo vive la guerra un adolescente?   la cinta avanza  haciendo uso de planos generales para describirnos los parajes rurales de Bielorusia, siempre hay niebla, y los personajaes siempre tienen miedo, los nazis y la muerte se intuye durante toda la primera hora de la película, no existe un respiro.

La película va directa al grano,¿ qué pasa con las cabezas  durante todo este desastre? ¿qué pasa con los cuerpos ?  ¿en qué momento empieza a sonar crac en tu cabeza?  ¿de qué está hecha está locura?  ¿Cuando dejé de ser niño para comenzar a convertirme en otra cosa? El niño de la guerra tiene el gesto cansado,  el niño de la guerra envejece con cada cadáver que descubre, enloquece con cada tiro que escucha. Hay que sobrevivir, si vienen las bestias hay que procurar hacer lo que sea, incluso si hacer lo que sea pone en peligro la vida de tus compatriotas.   Curioso mundo este.  La violencia es una plaga.  La humillación es  un placer. Sálvese quien pueda.

Durante todo la cinta el director maneja una poética que recuerda mucho al primer Tarkovski, las interpretaciones están vivas, desgarran, el director utiliza los primeros planos para contarnos los cambios del niño,   cada cambio de su realidad psicológica se refleja un un primer plano  sobrecogedor. Una cámara y un rostro.  No hay nada más.  Sobran los artificios.

La mirada del niño, tan viva y necesitada  nos remite directamente a la infancia de Iván

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 Fueron niños hasta que la inocencia desapareció tras una esvástica.  En la  cinta de Tarkovski,  hay una profunda reflexión sobre  lo irreversible del asunto, esto es; no volveré a ser niño nunca más  y aún siendo niño, no podré encontrar paz, ni amor, porque cargo  con una violencia tan grande que no puedo sostener lo que me ocurre.  Y el corazón en llamas, y la mente se quiebra y la rabia impera.

 Lo común en las cintas rusas   es como la locura  empieza a surgir como  una respuesta a la realidad que están viviendo.  Es tan fuerte lo que tienen que sostener  que en un punto del camino la mente se quiebra.  No es sostenible. La mirada del niño es destruida, el niño desaparece  y empieza a aparecer otra cosa…algo animal.. y descontrolado…

Ambas cintas se relacionan y hablan de lo mismo, ¿cómo afecta la barbarie a los seres humanos que vivieron esas circunstancias? ¿Cómo se construye desde  la imposibilidad?  ¿Cómo podemos entender que la deshumanización es una cualidad irremediablemente humana?   Volvemos al punto de la Historia donde el relato se rompió, volvemos a las cámaras de gas y a los campos de exterminio. A partir de ahí, realmente ¿ qué relato podemos construir?

“escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie” Theodor Adorno

“Fragmente” o crónica negra de una sociedad…

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Ellos  no pudieron hacer nada. ¿Existe otra manera de hacer las cosas? Quiero decir, no podemos evitarlo en absoluto. Somos humanos con todo lo que ello implica, y el pasado nos forma y  nos conforma.  Estos personajes son hombres, mujeres y niños que  no pudieron escapar a su carácter y   costumbres. Son hombres, mujeres y niños que perdieron la inocencia en un punto del camino y ya nada volvió a ser igual. Son hombres, mujeres y niños que bailan cada noche en la cornisa de su hogar en llamas, con la mirada perdida y el corazón roto.   Solos en una ciudad helada  y con olor a alquitrán.  Completamente solos frente a su dolor.  Un reflejo embrujado de lo que ocurre  en la mayoría de las sociedades occidentales.  Existe un individualismo que nos aísla y nos hace enfermar,  nos hace ciegos ante el dolor ajeno, tal vez porque no entendamos el nuestro , tal vez porque nadie nos hablo de nuestro dolor, tal vez por esa estúpida manía de olvidar y taponar las heridas hasta que esas heridas se convierten  una metástasis perfecta que envenena y elimina cualquier rastro de humanidad que pudiera quedar en lo más profundo de nuestro ser.

Occidente ya está pasado de vueltas. Cada vez hay más enfermedades mentales, más violencia, más hogares rotos.   ¿Qué está pasando? Las generaciones no pueden soportar tanto peso.Viejos dolores del pasado se convierten en fantasmas peligrosos.    La basura crece y crece.

La obra evoca espacios mediante la iluminación, la interpretación y el ambiente sonoro, nos obliga a imaginar. Es bueno y necesario que exista una implicación con el público,  aquí nunca el público es pasivo y puramente contemplativo. Nos invita a abrir una puerta. Nos obliga al  ejercicio constante de la imaginación para poder entender.    La obra nunca afirma, sugiere y evoca, con generosidad y humildad. Se tratan temas como la violencia o los abusos, nunca de un modo explícito,  siempre de un modo humano y que ayuda a la compasión/comprensión del espectador.   Los cuerpos de los actores están vivos, despojados de tensión, entregados a lo que les ocurre a cada momento. Sencillez, concreción y humanidad. Gracias a todo el equipo por devolverme la Fé en un tipo de Teatro que está en vías de extinción.

Una radiografía precisa de cualquier ciudad occidental, Lars Nóren, dramaturgo y novelista  sueco,  nos trae una propuesta que es mucho más que una propuesta, es un acto de amor a la condición humana. Desgarradoramente bello.  El frío de suecia se nos cuela en el corazón y nos recuerda que no estamos tan lejos de ellos.  La compasión es un don que abre nuestros corazones. Y es que al final todos estamos hechos de lo mismo.  Responsabilicemonos de nuestras emociones , de nuestros fantasmas, sino,  es posible que más pronto que tarde, alguien lo  haga por nosotros, y empezarán los problemas…

El hombre del saco…

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Negra leche del alba, negra sangre mía, cavamos tumbas , navegamos en el cielo, allí no hay estrechez.

¿Por qué ? Ángel Auschwitz, ¿Por qué el eco sordo de los muertos abruma mi alma y me destruye?¿Por qué

oigo los rezos en las fosas? Soy un ángel muerto, en mis venas corre el veneno de la humanidad. Soy un trueno

cayendo  en un árbol seco, soy la muerte vestida de uniforme, mis ojos aún vacíos buscan la luz.

Siento frío en mis huesos, están prietos, parecen restallar  al ritmo de las últimas campanas.

Dios mío . ¿Por qué nos has abandonado?

Los trenes , la sangre, el humo, cenizas amontonadas  en la trastienda del recuerdo. ¿Cómo olvidar?

Tantos huesos, todos ellos repiquetean , quieren hablarnos de una historia que nos habita.

Aún siento en el cuerpo el fuego y la rabia de generaciones enteras.  Son tiempos de guerra,  ahora y siempre.  Suenan los tambores.

El alma está dispuesta.  Los corazones  son lobos hambrientos.  Como animales heridos en la caza, nos aproximamos al final, sin otro

consuelo que la muerte.  Que Dios nos perdone a todos. La sangre está ya derramada, y los cadáveres exigen el grito, el llanto, el aliento de vida robada.