Crónica de una tarde madrileña, entre bombas y revoluciones…

Unknown

Monto en el metro en dirección ciudad universitaria.  En menos de media hora me encuentro con dos personas pidiendo. Dos personas de a pie de calle, primero un padre de familia, vestido como tal, un hombre, un ciudadano como tú y como yo.   Con su colonia, sus zapatos, su chaqueta y su desesperación. Aquel hombre se disculpaba por si el hecho de pedir ayuda  pudiera molestar a algún viajero.  Se disculpaba por pedir ayuda.   Tres paradas más adelante una chica de 20 años nos contaba su historia. Traía consigo su dni y papeles que justifican su precaria situación.   Su mirada cargada de rabia y pena pedía ayuda también .  Por supuesto hubo viajeros que la ayudaron,  otros que al menos la escucharon con atención y  otros menos que se quedaban enfrascados en sus lecturas  como si nada  estuviera pasando. Éstos son los peores. Recuerdo un hombre que mientras todo esto estaba sucediendo   no levantaba ni tan siquiera la cabeza. Hay un ser humano en frente  pidiendo ayuda y él no se mueve, no levanta la cabeza de su estúpido libro.  ¿Dónde está el corazón?

Respiraba como si aquellos mendicantes  le incomodaran o  le molestaran.  Le están pidiendo ayuda señor. Al menos si no les da nada, escúcheles.  ¿ No se da cuenta que es  el país el que está pidiendo ayuda? ¿No se da cuenta que somos nosotros, que si no escucha las voces de nuestro tiempo no será capaz de reconocer lo que sucede?  No, siga leyendo   tranquilamente, como si nada de esto pasara. Vaya a su casa, confiado y tranquillo, a darle un beso a su mujer y a sus hijos. Levántese pronto  los sábados para ir al gimnasio, ahorre para una casa más grande, pero  no se le ocurra escuchar a las voces de nuestro tiempo. Pueden despertarle, pueden incomodarle, pueden recordarle que el futuro es incierto y desalentador, que quizá sus niños crezcan y vivan en un país lleno de ruinas donde los valores desaparecieron  y  sus esfuerzos habrán sido en vano, pues esos niños crecerán y vivirán con el corazón encogido. Como usted.  Insensibles ante la vida, ante el dolor, ante la injusticia y ante la calamidad. Se comerán el corazón como si fuera una hamburguesa, engordarán como vacas  y caminarán como borregos. No habrá voluntad.  Todo esto está empezando a pasar.  Por culpa de personas como usted . Y si, digo culpa con todas las letras.  No hablaré de la clase política o de los intereses de las altas esferas, estoy cansado y harto. Hablaré de nosotros, de usted, de mi, de la chica de 20 años que pide en el metro. Hablaré de como se están apagando los corazones, de como nos estamos desconectando de nosotros mismos, de lo que sucede y de los demás. Que diablos. Tenemos lo que nos merecemos.   Tanto mirar hacia otro lado nos está pasando factura.

Como dije, cuando pasaba todo esto, estaba sentado en un vagón de metro. Iba a la ciudad universitaria, a la sala de trabajo de una biblioteca para trabajar acreedores,  de Strindberg.  Antes de salir del metro la tercera escena tuvo lugar en frente de mis narices. Un hombre mayor  permanecía inquieto con sus maletas mientras acusaba al que tenía al lado de haberle robado las gafas de sol. El hombre de al lado extrañamente estalló en cólera y llamando la atención de todo el vagón aseguró gritando sospechosamente que no había robado nada. El hombre mayor, avergonzado por  todas las miradas del vagón desistió. Yo creo firmamento que  aquel hombre le robó  de verdad. Nos robamos entre nosotros descaradamente, no tenemos suficiente con los robos de  los de arriba que también lo hacemos entre nosotros.

Finalmente llegué a mi ensayo con la compañía, el cual transcurrió  sin incidentes   y provechosamente.  Al acabar nos dirigimos a la puerta y vimos que estaba todo el mundo agolpado. No nos dejaban salir. Había un aviso de bomba.  Por lo visto había un acto en la facultad de historia relacionado con la izquierda vasca independentista  y misteriosamente alguien había llamado para dar el aviso de bomba.  Permanecimos encerrados cerca de una hora sin poder salir por los riesgos que ello conllevaba. Finalmente no encontraron ninguna bomba como era de esperar. Imagino que algún descerebrado  de la extrema derecha llamó para acabar con el acto. Y así lo hizo. Ya tarde  traté de ir al centro para recoger algunos libros. Pero no pude. El centro de Madrid era la guerra. Disturbios por todos lados. Las salidas del metro estaban bloquedas.  Era la guerra, la manifestación de apoyo a lo sucedido en Gamonal  se convirtió en una batalla campal.  Los manifestantes, inspirados por el ejemplo, tomaron posiciones.  Cualquier acto de violencia por parte de éstos está completamente justificado.   ¿Que queda pues frente a tanta impotencia  y tanta calamidad? La guerra. Obviamente no pude ir al centro a por el libro y me fui a casa en metro. Al  montarme en el vagón otra vez esta extraña calma, la gente ocupada en sus libros, en sus asuntos, en sus planes , en sus sus sus,  hasta que en un momento dado una mujer del vagón estalló y grito ; en el centro hay una revolución, en el centro hay una revolución.   Y tenía razón.

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