Sueños al borde del precipicio…

Hace diez años empecé a interesare por la interpretación y el teatro. Comencé mis estudios de interpretación en  una conocida escuela de Madrid. Más tarde entré en la universidad,  y dejé la escuela  para centrarme en mis estudios universitarios.  Por aquel entonces creía que un título universitario realmente valía algo. En aquel tiempo mientras estaba en la compañía de teatro de la universidad soñaba con hacer cine.  Dirigir buen cine. Aunque la interpretación siempre fue lo que más me gustó yo estaba en la carrera de audiovisuales para dirigir buen cine. Grandes sueños. Poca realidad y mucho  ímpetu.   Durante mis años universitarios me enamoré un par de veces y conseguí amar el teatro profundamente. La  vieja compañía de la universidad. El antiguo teatro de la residencia con su  gran piano de cola.  Tuve un maestro que más tarde sería mi amigo para  más tarde perderse entre las cosas que se pierden para no volver nunca.  Fue un gran maestro. Lo llevo dentro como todos los grandes maestros. Él acabó dejando el teatro por miedo a lo que le despertaba.  Algunos de mis compañeros de la vieja escuela decían que la vida en el teatro es dura,  no llegan los mejores , llegan los que mejor saben aguantar las temporadas arruinadas y los días aciagos, como diría el otro…

El caso es que ahora tengo 26 años y estoy escribiendo a escondidas desde un trabajo que no siento mío.  Siento un extraño miedo. Un ligero temor que me interroga y parece retarme. ¿Hasta dónde llegarás con esto?    Se que son tiempos difíciles y muy duros. Trabajar en lo que amas a día de hoy es un  milagro. Yo lo anhelo con toda mi alma, porque en el fondo se que todo el tiempo que paso sin poder hacerlo es tiempo perdido y que por primera vez en muchas años es la primera vez que siento que algo dentro de mí empieza a marchitarse.  No se cuanto aguantaré.  No me salen las cuentas.

Ahora recuerdo a mi antiguo maestro y amigo. Tengo grabada esa noche en la memoria. Él tenía por aquel entonces mi edad actual . Estábamos en un antro de la calle huertas fumando una sisha.  Mientras saboreábamos el tabaco hablábamos sobre nuestra última obra de teatro. Yo veía la desilusión y la desidia en sus ojos. Miraba hacía abajo y guardaba silencio. No lo comprendía . De pronto no tenía ganas de luchar. Él, que siempre ha tenido el escenario como espada.  Yo  sabía que estaba apunto de marcharse y dejarlo todo. Él no dijo nada aquella noche.  Hoy después de algunos años creo que se exactamente lo que le estaba pasando.  Él dio el alma por el Teatro y el Teatro le quito la suya.  Dio mucho y no recibió nada bueno. Más bien al contrario.  Le dolía demasiado el Teatro como para seguir intacto.  Cuando él dejo la compañía y se retiró  yo no  lo entendí. Le taché de cobarde. Hoy, después de tanto tiempo  he conseguido perdonarle. Hoy comprendo que es un camino duro y difícil lleno de retos y pruebas. Hoy, comprendo que amo el teatro, que lo llevo en la sangre y que por eso me duele tanto. Y que por eso, precisamente por ese amor fanático y ciego  siento que tengo pocas cartas más que gastar.  Pero todavía queda un esfuerzo más franceses.

Hay que seguir  intentándolo.  Una última vez. Aunque no haya oportunidades y los políticos  vendan nuestros templos.   Es necesario defender  lo nuestro. A dentelladas si es preciso.    Estas son las últimas cartas de las que dispongo.  Y voy a usarlas lo mejor que se.

S.D.G.

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