Recuerdos desde una vieja alambrada…

 

 

Toda buena historia comienza con una mujer. Yo estaba en la universidad, haciendo teatro universitario en el viejo teatro de la residencia. Un refugio en  mitad de toda aquella tormenta universitaria donde teníamos la Fe ciega de que a través del Teatro todo iba a ser mejor.   Teníamos aquella fuerza de los comienzos, los relámpagos en los ojos y el fuego en las manos dispuesto a crear lo que hiciera falta encima de las tablas, con arrojo ciego y valentía infinita. Todo era hermoso porque todo merecía la pena.    Y ella bailaba como el diablo.  Sus movimientos estaban llenos de belleza  y de fuerza.  Sonreía en cada movimiento y parecía que le salían alas de la espalda. Yo me enamoré  de ella .

Fue entonces junto cuando  el director de la compañía nos empezó a hablar acerca del horror. Decidió emprender un viaje al corazón mismo del terror, viajó a Auschwitz. Allá por el 2008.  Recuerdo que cuando regresó de allí le crecieron arrugas y canas nuevas. Era entonces el momento de dar testimonio , de contar una historia sobre lo que ocurría tras las alambradas. Primero empezamos a hacer  varias acciones escénicas en la calle que tenían que ver con la espectacularización del horror del Holocausto y como era recibido por la gente de a pie. Lo grabamos todo  para estudiar lo que habíamos conseguido al detalle. Jugamos con la idea de repartir falsos folletos sobre u supuesto musical de Auschwitz, aprovechando el auge que en su momento estaba teniendo el musical sobre el diario de Anna Frank. Las respuestas fueron muy diversas . No se podía cantar y bailar sobre el horror y pretender salir impune. Más tarde nos reunimos  para empezar a crear lo que sería Auschwitz 2008,  un experimento escénico que trataba de  acercar  al espectador al horror del holocausto.  Empezamos a documentarnos, La Shoha, La zona gris, La caída de los dioses, la lista de Schindler…

Comenzaron los ensayos.  Aún  hoy recuerdo esa extraña sensación de estar invocando a los muertos.  El aire pesado.  Yo interpretaba a Helmut Dork, un payaso judío que se veía obligado a  engañar a los niños para que se fueran  a las cámaras de gas con alegría y sin protestar demasiado. Tenía que engañarles con el consiguiente precio a pagar. Ella,  la bailarina del diablo interpretaba  al Ángel Auschwitz, su piel pálida, sus alas rotas  negras  y su mirada  inyectada en sangre  encarnaba el horror más puro, bello y perfecto  que nunca pudimos imaginar.  En mitad de la obra,  una judía cantaba  a su amor a través de la alambrada mientras el humo anunciaba muerte. Ahora recuerdo aquellos días. Días que vivimos con intensidad, con creatividad, con fuerza y con amor.

La obra nunca se estrenó. Distintas diferencias y contrariedades nos asaltaron y todo se paralizó. Se murió.  Hoy en el 2013 vuelvo a visitar las cámaras de gas, vuelvo a invocar a los muertos y vuelvo a  tocar aquellas alambradas. Y hoy más que nunca siento todas esas voces exigiendo  dar testimonio del horror.   Es el momento de desempolvar  las tumbas, de revisar viejos libros  y tomar partido en la Historia.

Pudo ser en Berlín,   durante los años treinta, tal vez en una habitación luminosa llamada día,

tal vez en una habitación cualquiera, con el filo del cuchillo en la garganta, frío y húmedo,

Con el pan podrido cayendo por las ventanas, con el corazón encogido y   alma mojada.

Pudo ser entonces, donde todas las luchas se  entremezclaron.

Las guerras sin vencedores ni vencidos duran todo el tiempo, incluso los bandos se intercambian

las banderas, y entonces la belleza de la guerra es pura como la nieve,

y desgarra nuestros  corazones.

Como fieras devorando un trozo de carne podrido,

Nos encontramos al borde de un precipicio histórico,

tal vez sea tarde para empezar de nuevo,

tal vez no podamos escapar de nuestros fantasmas y tendremos

que bailar con ellos hasta que sangren los pies.

Empecemos pues,  tocad para la danza,

el ángel Auschwitz ya está aquí, tan bello como letal.

Bailemos el último baile de la historia.

Después sólo quedará el polvo.

 

 

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